René Villarreal, quien durante 15 años fue mayordomo de Ernest Hemingway mientras éste residía en la Finca Vigía en las afueras de La Habana, detalla en un nuevo libro recuerdos del famoso escritor, informó EFE.
En Hemingway's Cuban Son el autor comparte recuerdos de aventuras, escapadas y costumbres del escritor, a quien solía llamar, antes que el resto del mundo lo hiciera, "Papa" Hemingway.
Escrito con la ayuda de su hijo Raúl, el libro ofrece una perspectiva íntima y elogiosa, no del escritor sino del ser humano a quien el joven Villarreal llegara a respetar tanto como a su propio padre.
En 1939, cuando Hemingway adquiere la propiedad de Finca Vigía, Villarreal tenía casi diez años.
Hijo de una familia humilde, recuerda con nostalgia la tranquila cotidianeidad de su pueblo, San Francisco de Paula, donde el único guardia lleva el fajín de la pistola relleno de papel en lugar de un arma.
El primer encuentro entre el escritor y el joven René se da inesperadamente frente a la entrada de la propiedad, donde algunos niños del pueblo se habían dado cita para jugar al béisbol con una pelota improvisada y un palo de escoba.
Hemingway les promete que si compra la finca, ellos no sólo podrán jugar adentro de la propiedad, sino que él les compraría bates y pelotas de verdad.
De pasada añade que sus hijos irían de visita y sería bueno que jugaran juntos.
En efecto así sucede, en verano llegan los tres hijos del escritor a pasar las vacaciones y Hemingway cumple su promesa.
Villarreal recuerda que a los chicos les era muy difícil pronunciar el nombre del escritor y, como sus hijos lo llamaban "Papa", pronto todos los niños del pueblo hacían lo mismo.
El escuchar a los niños del pueblo llamarle "Papa" les sonó divertido a sus invitados, entre quienes se encontraba Winston Guest, y de ahí se corrió la voz del cariñoso apodo.
Entre juegos de béisbol y Coca-Colas los chicos se hacen grandes amigos de verano y cuando regresan a EE UU, el escritor se consuela con la compañía de los niños del pueblo, a quienes les encarga diversas tareas en la casa y les paga con mucho más que gratitud y respeto.
Poco a poco Villarreal se va ganando la confianza del escritor, hasta que a los 17 años —tras varios problemas de confianza con los empleados— éste le ofrece el puesto de mayordomo, haciéndolo cargo de la casa y de la larga lista de notables invitados.
Villarreal relata con más respeto que orgullo cómo Hemingway lo enseñó a boxear, a cuidar las armas y, aún más importante, a confrontar sus miedos.
En más de una ocasión, el famoso escritor se refiere a Villarreal como su "hijo cubano", haciéndolo partícipe de su quisquillosa rutina y excentricidades, las que le brindan un brillo especial al relato.
Villarreal describe la vida en Finca Vigía como un paraíso, donde por orden estricta del escritor la naturaleza debía protegerse hasta el extremo de no permitir que se podara planta alguna.
De ese paraíso de exuberante vegetación emerge un retrato muy personal de Hemingway, en el que se puede apreciar el hombre detrás de sus martinis, gatos y rifles de cacería.
Las memorias comienzan con el regreso de Villarreal a Cuba en 1996, después de 23 años en el exilio.
El capítulo inicial está marcado por la nostalgia del regreso y la desilusión de encontrar que el manuscrito de sus primeras memorias, al igual que las cartas y fotos de Hemingway que había dejado en manos de un familiar, se habían extraviado.
La narración es tranquila, rica en detalles y quizás deliberadamente poco política, hasta los capítulos finales que narran el paraíso perdido a la Revolución.
Villarreal no menciona abiertamente las tensiones raciales que existían en la Cuba de la época, pero nos demuestra elegantemente que Hemingway hacía caso omiso de las prácticas sociales de la época.
El tono, sin embargo, delata una respeto casi servil hacia el escritor, aún a cinco décadas de su muerte.
A su avanzada edad, Villarreal lo recuerda todo en fiel detalle, haciéndonos partícipes de una mirada privilegiada a la vida íntima de un escritor mítico a quien, a pesar del abismo social y racial que les separaba, quizás él tuvo la oportunidad de conocer más a fondo que sus propios hijos.
(Hemingway's Cuban Son: Reflections on the Writer by His Longtime Majordomo. René Villarreal. Kent State University Press. 157 páginas).







